Los primeros pasos de la familia Minoli en Uruguay. Inmigrante
italiano, de la zona de Gallarate, el abuelo de Oscar Minoli llegó al país
en 1886. Puso una zapatería, luego un taller y terminó con una industria
que alcanzó una producción de 300 pares de zapatos diarios. Hoy los
zapatos Gallarate son toda una referencia en el mercado nacional, pero el
panorama dista mucho de aquel esplendor de mediados del siglo XX.
Oscar Minoli tiene 81 años y está casi retirado de su fábrica. Ahora
sigue su hija, Marta, cuarta generación al frente de la planta instalada
desde siempre en General Flores y Domingo Aramburu. Ellos, brevemente
repasaron esta historia industrial de más de cien años.
Oscar recordó la llegada de su abuelo y, junto a Marta, habló de las
dificultades actuales: “- Empezó a hacer medidas, zapatos de medida y
algún arreglo de los zapatos y así fue progresando. Después con mi padre
ya pusieron un pequeño taller, después pusieron fábrica y después
zapatería y fábrica, las dos cosas. Desde 1986 hasta ahora. Yo ya estoy
retirado, sigue mi hija y posiblemente siga mi nieto. (...) - Apostamos a
la quinta generación pero… no sabemos. (…) Lo que pasa es que cuando
empezaron en algún momento se pudo dar trabajo a 150 familias. Hoy por
hoy, a 25. Y mañana no sabés”.
Ese “mañana no sabés” que recién decía Marta tiene muchas causas. Sin
embargo hay una en la que todos los industriales coinciden: la invasión de
calzado importado, sobre todo proveniente de China, que comenzó a
consolidarse a mediados de los años 90.
Antes de eso, eran muchas las fábricas que trabajaban en Uruguay y se
repetían las historias de familias como la de los Minoli. Tanto que la
industria llegó a dar trabajo a unas 12.000 personas. Hoy, los
trabajadores del calzado no superan los 1.200, en unas 90 fábricas o
talleres que subsisten en el país, la mayoría de ellos dedicada al mercado
interno produciendo zapatos de cuero.
En 2006, Uruguay importó 12 millones de pares de zapatos. Cuatro pares
por habitante, aproximadamente. A esto se suma el millón y medio de pares
que produce la industria local. Trece millones y medio de pares para poco
más de tres millones de habitantes. Daniel Tournier es el secretario
ejecutivo de la Cámara Uruguaya de Industrias del Calzado.
Tournier describió el problema que vienen enfrentando los empresarios
del sector desde hace más de una década, agravado en los últimos años: “La
industria del calzado en los últimos años ha sufrido la importación de
productos más que nada de la parte asiática. Hemos llegado al récord el
año pasado de 12 millones de pares importados, de los cuales nueve
millones y medio eran de origen asiático. Eso trae aparejado que la
industria viene sufriendo desde hace muchos años y ha tratado de canalizar
por el lado de mejorar el producto y hacer un producto diferencial de lo
que viene importado pero igual hay mercadería en el caso del calzado
sintético que igual influye y perjudica a los fabricantes que hacen
calzado de cuero. (…) El problema es que mucha de esa mercadería que viene
es de baja calidad, o sea que son zapatos que no duran mucho. Eso trae que
la gente tenga que comprar más seguido zapatos (…) porque se rompen, se
despegan, no tienen reparación. Hay muchas cosas, pero es barato y la
gente compra varios pares. Nos hemos perdido en cuanto a cuánto es el
consumo del país porque es mucho, cuatro pares por persona que nos está
dando solamente de importados, es un consumo muy alto”.
Un repaso por las cifras aportadas por la Cámara del Calzado confirma
este fenómeno. En 1994, Uruguay exportaba 18 millones de dólares en
zapatos e importaba 21 millones, en cifras redondeadas. Con algunos
altibajos, en ambos sentidos, la tendencia que se viene confirmando es la
de un crecimiento de las importaciones y una caída de las exportaciones.
En 1995 se exportaron 17 millones de dólares y se importaron casi 25
millones. Un año después, mientras las exportaciones eran de 20 millones
de dólares, las importaciones alcanzaban los 32 millones. Todos los años
siguientes marcaron más importaciones que exportaciones. En 2000 se
vendieron 12 millones de dólares en zapatos al exterior y se compraron
zapatos por 35 millones. Un año más tarde, previo a la crisis, mientras se
exportaron cinco millones, se compraron 32 millones. En el fatídico 2002,
las exportaciones fueron de solamente 865.000 dólares, mientras se
importaron 18 millones de dólares. Así llegamos a 2006, donde las
exportaciones se vienen recuperando y alcanzaron los 3.802.818 dólares.
Pero las importaciones también se recuperaron y tocaron el récord
histórico de 39 millones de dólares, pagados por esos 12 millones de pares
que entraron desde el exterior.
Otro dato curioso –y preocupante para los industriales- es el precio al
que entran esos pares de zapatos. El promedio por par en 2001 fue de tres
dólares con 32 centavos y en 2002 cayó a dos dólares con 98 centavos; en
2003 a dos con 65. En 2006, el precio promedio del par importado fue de
tres dólares con 28 y en 2007 viene siendo de tres dólares con 81.
El 79% de lo importado en 2006 llegó desde China, con un precio
promedio de dos dólares con 16 centavos. Algo así como 50 pesos. Un 8% del
calzado que ingresa proviene de Brasil, a un precio más elevado: siete
dólares con 30 centavos el par promedio. El resto proviene de otros países
y a un precio más elevado. Aquí ya hablamos de zapatos de lujo.
Frente a esos precios chinos, los industriales uruguayos del calzado no
pueden competir. Y esa es su principal queja. De ahí que reclamen un
aumento en el arancel, que se establezca una cuota de importación y un
precio de referencia que algunos sitúan, al menos, en los cinco
dólares.
Respecto a los reclamos, el edil de Canelones por el Encuentro
Progresista Pedro Almenares, que vive en la ciudad de Santa Lucía un polo
de la industria del calzado nacional, explicó cuáles son las opciones que
están manejando en Canelones y que ya han llegado al gobierno nacional a
través de algunos diputados de ese departamento.
“La idea es poner un tope de calzado que venga desde afuera, como hace
Argentina, y agregar de un 20% que se cobra de impuesto a un 35 que es lo
que hace Argentina. La idea es que lo haga Uruguay y Brasil y trancar un
poco lo que viene de afuera. Porque en Argentina se reactivó y se está
trabajando muy bien el tema de calzado. (…) La idea es poner un tope y un
precio referencia, porque entra calzado facturado a 70 u 80 centavos de
dólar cuando sabemos que el flete de China hasta acá anda en los 35, 40
centavos de dólar por par”, dijo Almenares.
Los ediles y diputados que están trabajando en este tema manejan la
estadística de que por cada millón de zapatos que deje de entrar al país,
podrían recuperarse entre 700 y 800 puestos de trabajo.
“Acá no hay que hacer ninguna inversión en maquinaria, no es como en
los textiles que hay que invertir en préstamos, créditos y esas cosas. Acá
la maquinaria está, la gente está, hay que tener una voluntad política.
(…) Por cada millón menos de pares que entrara se crearían entre 700 y 800
puestos de trabajo directo. Así que ya tenés una idea ahí. (…) Después
están los puestos indirectos que son los que trabajan en la caja, los que
cosen a mano. Acá en Santa Lucía se usa mucho en los leñadores que llevan
costura a mano, las familias se ocupan de eso y ya es otro ingreso. A esa
gente habría que organizarla para que también haga su respectivo aporte”,
indicó Almenares.
La fábrica de Gallarate es uno de los ejemplos de esa infraestructura
ociosa existente en el país. Los Minoli actualmente producen unos 100
pares de zapatos diarios pero podrían producir 300 empleando, claro, a más
gente.
Con sus 81 años y la historia de trabajo en la planta desde los 17,
Oscar Minoli habló de cómo vive la situación actual de la industria: “Lo
vivo con mucha pena… Esa es la palabra. Me gustaría que siguiera
como antes. Siempre hubo altibajos, la parte económica del país que
repercutió en todas las empresas, la mía y todas. Pero eran altibajos que
uno sabía que se iban a solucionar como en 2000, 2002 (…) Pero sabíamos
que después íbamos a levantar, había un horizonte. Ahora no veo un
horizonte. (…) Lo veo con mucha tristeza. (…) Habría que concientizar al
gobierno (…) Que se den cuenta de que algo está pasando. (…) A la gente
hay que darle trabajo. Yo me acuerdo en la época de mi padre, los obreros
todos se compraban un terreno, se hacían su casa a lo largo de los años.
(…) Trabajaban duro, incluso vivían a 15 o 20 cuadras de la fábrica e iban
y venían caminando, en aquel momento eran doble horario, iban tres o
cuatro veces por día, pero podían ahorrar algo y hacerse un provenir no
digo brillante pero por lo menos una seguridad para su vejez. Pero ahora…
no”.
Actualmente varios industriales manejan opciones para
consolidar y ampliar una leve recuperación que se percibe. Y aparece la
idea de los conglomerados industriales, clusters, como manera de que
varias empresas se reúnan, aprovechando sus capacidades para poder
exportar más. Aparece el problema de que la industria local no puede
satisfacer una demanda que existe en bastos sectores de la población de
zapatos a 100 pesos, ofertas que es fácil encontrar en las grandes
superficies y tienen el origen en productos chinos. Entonces, las
alternativas son aumentar la oferta de calzado de calidad en el mercado
local y ampliar los mercados en el exterior.
La realidad que subyace detrás de la idea de estos clusters o
conglomerados es que hay capacidad ociosa en el país para producir más
calzado. Claro que esa producción necesita de mercados y para lograrlos es
mejor la reunión de empresas con el mismo objetivo, de modo de poder
producir más y tener más fuerza para lograr esas exportaciones. Así surgen
los conglomerados que el gobierno impulsa en varios sectores. Uno de esos
conglomerados es el de la industria del calzado y la marroquinería, es
decir, la elaboración de cintos, carteras y otros accesorios de
cuero.
Daniel Tournier, el secretario ejecutivo de la Cámara del Calzado,
explicó cuáles son los objetivos y las dificultades de este proceso: “El
tema del cluster es algo interesante, pero muy difícil para nuestro país,
más en el sector del calzado. Acá tenés que unir industriales para
preparar proyectos, un mínimo de tres tiene que ser. Entonces, el uruguayo
en sí tiene una característica de que no le gusta mostrar lo que hace, o
sea que tenemos que ir limando asperezas y tratar de que se vayan uniendo
para presentar proyectos. Son proyectos de diferente índole, puede ser
traer técnicos de otro país, para que nos vengan a asesorar, hacer
exposiciones, viajar”.
Ese conglomerado tiene un gobierno que está formado por representantes
del Ministerio de Economía, de la Dirección de Proyectos de Desarrollo
(Diprode, una repartición de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto) y
de los industriales. Cada conglomerado tiene asignado un fondo de 500.000
dólares, no reembolsable, para la elaboración de proyectos.
Fabián Dutra, uno de los industriales involucrados en este proceso,
tiene 33 años y está al frente de la fábrica Lannot. En 2001 su padre
dirigía la firma y la crisis casi los lleva a cerrar. Sin embargo, en los
últimos tiempos se ha dado un cambio en el mercado, ayudado por el
encarecimiento de Brasil. De ahí venía buena parte del calzado que
competía directamente con el nacional. Pero al estar más caro, los
importadores más grandes comenzaron a contactarse con industrias locales
para abastecerse de ese zapato de calidad.
Además, en la importación desde China apareció la competencia de las
grandes superficies que pueden lograr precios muy inferiores a los de las
zapaterías. Entonces, la fábrica de Dutra y otras tuvieron un repunte que
buscan consolidar en el conglomerado.
“Yo lo que veo es que los empresarios que estamos en algún momento
tocamos fondo, llegamos a un límite en el que no teníamos para pagar la
luz, los alquileres. Hoy estamos, de alguna manera todos estamos
trabajando en cero, no te voy a decir en más dos, llegamos a cero, de
vuelta no estamos en menos dos. Y estamos intentando subir ese escalón
para trabajar de otra manera, más tranquilos, ser realmente, tener el
trabajo que tiene un empresario que es dirigir su empresa y no estar
corriendo atrás de la guita”, contó Dutra.
Una de las formas de dejar de correr detrás del dinero, como decía
Dutra, es este conglomerado del calzado y la marroquiería que el 29 de
mayo firmará el convenio con el Poder Ejecutivo. Ese será el inicio formal
del trabajo pese a que ya vienen con mucha actividad desde hace unos
meses.
Una de esas actividades fue el reciente viaje a Chile del presidente
Tabaré Vázquez. Estos empresarios fueron invitados porque una de las
demandas trasandinas era la búsqueda de complementariadades en el sector
del calzado.
Chile tiene muchos acuerdos de libre comercio firmados, tantos que no
puede satisfacerlos. Entonces, aliarse con industriales de otros países de
la región puede ser una vía para cubrir las cuotas que le dan esos
acuerdos para entrar a mercados tan importantes como el de Estados
Unidos.
“El conglomerado está concebido para exportar calzado (…) No para
exportar capellada. Lo que pasa es que nosotros llegamos a un punto donde
queremos exportar lo que nos den para exportar. O sea, si podemos exportar
capellada, capellada, si tenemos que exportar sólo las lenguas,
exportaremos sólo las lenguas del zapato. A mi se me piden capellada, yo
voy a hacer capellada. Lo que me pidan es lo que voy a tratar de hacer
para conjugarme con Chile para llegar a China o a Estados Unidos. Chile
tiene unos tratados de libre comercio espectaculares, entonces se pueden
lograr determinadas ventas que nosotros individualmente no lo vamos a
hacer”, dijo Dutra.
Se habló mucho sobre el acercamiento que lograron estos industriales
con sus colegas chilenos. Pero esa no es la única alternativa que están
manejando. Se trata de aprovechar al máximo la capacidad de la industria
uruguaya del calzado y la marroquinería que, estiman, en este momento está
en un 50% de utilización.
¿Cuáles son estas otras alternativas? Dutra nos cuenta: “Ellos nos
están articulando en un montón de aspectos. Por ejemplo, en la interna
cómo comprar. Estamos tratando de ver si podemos hacer una feria nacional
de calzado para agosto o para julio, estamos viendo la fecha. Estamos
intentando con las instituciones público-privadas de enseñanza, que ellos
curricularmente pongan diseño de calzado para tratar de empezar a meter
más al diseñador adentro de la fábrica para lograr productos más
competitivos en cuanto a moda para poder competir con otros mercados. Hay
un montón de cosas, no es solamente Chile”.
Los planes son muchos, como decía Dutra, y buscan aprovechar esa
capacidad subutilizada. Además, se pretende recuperar también a muchos
productores de insumos para esta industria que desaparecieron con el bajón
de las últimas décadas.
Marta Minoli y su padre, de la fábrica Gallarate, hablaron de esas
dificultades para conseguir insumos: “Hoy en día como todo ha ido cayendo
partimos de los cueros… Es muy difícil, no hay nada, no están trabajando
para plaza y todos los almacenes de cueros, todo se ha ido achicando, los
que proveen, los proveedores nuestros. Los fondos, las industrias de acá
no… Tenemos que traer de otros lados, como que todo fue enrabado y
fue cayendo. De una industria que fue un poco más fuerte, en estos años ha
caído mucho. Todo importado. (...) - El que hacía ojalillos, había no se
cuántos. Hoy ya no existe más. El que hacía cordones hay uno. El que hace
los hilos… no hay, hay que traerlo”.
Santa Lucía es una ciudad que tiene un papel importante a jugar en una
posible reactivación de la industria. Allí, a medidas de los 50 se
instalaron tres grandes plantas. Una de ellas era la Fábrica Molaguero,
que competía con los calzados elaborados por Funsa. Esa industria empleó
en sus épocas de bonanza a 600 personas. Hoy, convertida en cooperativa,
da trabajo a unas 30 personas.
El edil Pedro Almenares es uno de esos 30 empleados. Para él, en la
ciudad hay un potencial muy importante que se podría aprovechar si se
reduce la importación: “Acá en Santa Lucía somos 17.000 habitantes y no
hay una persona en la casa que no haya trabajado en la fábrica y no
conozca el tema del calzado. (…) Yo pienso que no quitarle todo pero por
lo menos donde se topee en tres millones de pares menos, ya arrancaríamos
a trabajar y se entra a tecnificar porque la gente hay que ponerla a
trabajar nuevamente. En Montevideo por ejemplo hay varias fábricas que
están cerradas con toda la maquinaria adentro. Es ponerla a trabajar y
nada más”.
Esa reactivación con la que sueña Almenares ya se está dando levemente
en Lannot, la industria que dirige Fabián Dutra, quien describió algunas
de esas pequeñas señales de lo que podría pasar si toda la industria del
calzado recuperara algo de la actividad que tuvo en el pasado: “Realmente
la industria del calzado mueve montañas. Es increíble. Yo estoy viendo lo
que me pasa a mí en la empresa y la gente que me entra diariamente a la
empresa por distintas causas y entonces yo veo que un proveedor, por
ejemplo, ya tuvo que tomar a otro vendedor. No por mí sino porque estamos
trabajando mucho más de lo que estábamos y entonces el tipo se ve
desbordado. Y así se da todo. Es por rebote, empiezan a funcionar
empresitas chiquitas, yo estoy necesitando satélites porque adentro de mi
empresa no puedo, así tomo una señora y ella trabaja en la casa haciendo,
por decirte algo, la capellada, le doy los cortes… Se da una sinergia
cuando empieza a moverse la industria”.
Esa sinergia tendrá un relanzamiento o un mojón el 29 de mayo cuando se
firme el convenio de este conglomerado del calzado y la marroquinería.
Seguramente habrá novedades en ese sector, al menos eso es lo que esperan
los industriales.